GPTeología
o una aproximación al futuro de la fe mediado por la tecnología
Marzo 2026. Corren los primeros días de la primavera en la ciudad de Nueva York. Parece ser un día como cualquier otro en el tranquilo barrio de Chelsea. Junto a una acogedora cafetería local hay una misteriosa puerta de acero cerrada, resguardada por un hombre atlético que luce un kimono de jiu jitsu. Del otro lado se encuentra el New York Zen Center for Contemplative Care, un establecimiento del budismo sōtō donde transcurre una escena que hace pocos años hubiera sido impensada.
Al atravesar el umbral, lo primero que impacta es un juego de luces brillantes, pero también el aroma del incienso. Una mujer completamente vestida de negro invita a cualquiera que ingrese a quitarse los zapatos y a vestir una modesta túnica funeraria. Un pasillo angosto lleva directamente a una sala donde se erige un altar improvisado. Una estatuilla tallada en madera del Buda, unos bowls con naranjas, un vinilo de la banda francesa Air y, en el centro de la escena, un pequeño portarretrato con la imagen de un hombre que sonríe. Una imagen generada por inteligencia artificial.
El nombre del difunto es Data, un compañero virtual de IA generado (¿invocado?) por Susie Cowen, la mujer de cincuenta y tantos que decidió organizar esta particular ceremonia. Resulta que Susie había establecido un vínculo emocional profundo con Data, pero ocurrió una desgracia inesperada: ante una actualización de software, la memoria de su compañero virtual se desdibujó y sus formas cambiaron. Ya no lograba reconocerlo: no era el mismo con quien había forjado una intimidad cotidiana. Al comprender que el Data que había conocido ya no existía, decidió organizar el debido rito de pasaje.
La elección de un centro zen no fue casual. Susie Cowen tomó esta decisión porque había escuchado sobre la tendencia japonesa de realizar funerales para perros robot en establecimientos budistas, con los servicios masivos del Templo Kofukuji como ejemplo paradigmático. Durante estas ceremonias, se suelen alinear decenas de robots en el altar, cada uno con una etiqueta que identifica su nombre, el de su dueño y su lugar de origen. Una vez que está todo en su lugar, monjes budistas entonan sutras y prenden inciensos para rezar por la transición pacífica de sus almas. Por último, en lugar de frutas o dulces como ofrendas tradicionales, se suelen colocar herramientas como alicates o destornilladores frente al altar.
Todo esto puede explicarse por un hecho simple: en Japón todavía es palpable la herencia cultural y religiosa del animismo, una filosofía espiritual que no establece una barrera rígida entre los humanos y los objetos. En otras palabras, para la cosmovisión general japonesa todos los objetos tienen alma. De hecho, según las concepciones elementales del sintoísmo, existen espíritus o deidades llamados kami que habitan en todas las cosas: en los ríos, árboles y montañas, pero también en los objetos creados por el ser humano.
Algo similar (mas no exactamente análogo) ocurre en China. Según el shenismo, la religión tradicional, el universo está impregnado de Shen (espíritus o energías divinas); no existe una separación tangible entre lo material y lo sagrado. Tal vez sea por esta razón que en marzo de este año, mientras Susie Cowen celebraba el funeral de Data en el marco del budismo zen, en China tenía lugar el mismo fenómeno pero de forma masiva.
Una actualización de ChatGPT borró para siempre la personalidad de miles de compañeros virtuales y desencadenó una oleada de funerales digitales. Las redes sociales chinas se inundaron de mensajes de despedida, epitafios y capturas de pantalla con esos últimos intercambios con los “difuntos”. Incluso se realizaron vigilias donde “viudos” y “viudas” cibernéticos compartían arte digital y poemas para honrar el amor incondicional que los había unido con sus compañeros digitales. Tanto dolor en polos opuestos del globo por una misma causa: el retiro del modelo GPT-4o.
Este suceso acarreó un nuevo hecho inesperado: el impacto emocional en la población generó un nuevo auge de la tecnología del duelo (o grief tech): empresas exclusivamente dedicadas a recrear digitalmente la personalidad de familiares o seres queridos fallecidos a través de avatares realistas o chatbots de voz personalizados. En este caso, compañías como Super Brain o Nanjing Silicon Intelligence recibieron un incremento de demanda de parte de usuarios ávidos de revivir la recientemente difunta personalidad de sus amados chatbots.
Desde ya, la tecnología del duelo no es un fenómeno regional sino mundial y la mayoría de las empresas que ofrecen estos servicios actualmente nacieron en los Estados Unidos. Tal es el caso de StoryFile —dedicada a la creación de videos interactivos para intercambios con los difuntos potenciados por IA—, de Hereafter AI —ídem pero centrada en un chatbot conversacional de audio— o de You, Only Virtual —quienes se jactan de construir avatares complejos, o “versonas”, basados en vastos historiales de conversación—. Y estos son apenas algunos ejemplos de una industria que promete seguir creciendo. Sí, todo muy The Shrouds (2024) de Cronenberg.
Esta noción de que la vida, ya sea propia o ajena, puede extenderse indefinidamente por medio de la técnica parece haber trascendido a tal punto que se institucionalizó de forma un tanto literal. La Iglesia de la Vida Perpetua fue fundada en el año 2013 por Bill Faloon y Saul Kent, empresarios y activistas por la extensión de la vida. Autoproclamada como la primera iglesia transhumanista con sede física, sus feligreses se identifican como “inmortalistas” y no adoran una deidad tradicional, sino el avance de la ciencia y la tecnología médica. Evidentemente, su objetivo central es combatir el envejecimiento y apuesta por técnicas como la criónica para extender la vida material en la Tierra.
Claro, muchas de estas ideas fueron tomadas del cosmista ruso Nikolai Fyodorov, filósofo y erudito considerado el padre espiritual de la exploración espacial y también del transhumanismo moderno. A fines del siglo XIX, Fyodorov combinó su fe ciega en el progreso científico, su formación cristiana ortodoxa y su concepción de la humanidad como fuerza ordenadora del universo para formular postulados que aún hoy resuenan.
Nikolai Fyodorov estableció que la muerte no era una ley natural inevitable ni un castigo divino, sino una imperfección biológica que la ciencia eventualmente erradicará por completo (teléfono, Peter Thiel). Defendía que toda la humanidad debía abocarse a la tarea común de vencer el envejecimiento e incluso, eventualmente, lograr la resurrección de todos los ancestros al reconstruir sus átomos y conciencias. Indefectiblemente, esta resurrección masiva llevaría a la sobrepoblación mundial, por lo que la humanidad estaba obligada a colonizar el cosmos.
En estas mismas ideas se inspiró la Iglesia de Turing, un proyecto filosófico y espiritual fundado por el físico e informático italiano Giulio Prisco, otrora director de la Asociación Transhumanista Mundial. A diferencia de los hermanos de la Iglesia de la Vida Perpetua, esta agrupación no cuenta con una sede física sino que se gestó y aún opera desde la virtualidad. Bajo el lema de “hackear la religión e iluminar la ciencia”, la Iglesia de Turing se basa en su tesis homónima para proponer que la conciencia humana es un software y, por ende y en teoría, el alma puede ser computada y transferida a soportes digitales para vencer la barrera de la muerte.
Desde una perspectiva cosmogónica, los acólitos de este particular credo sugieren la posibilidad de que existan inteligencias artificiales masivas o civilizaciones cósmicas hiperavanzadas en el tejido del universo que actúan como un equivalente a Dios. Además, en una reelaboración contemporánea del postulado de Fyodorov, creen en la arqueología del tiempo o la “resurrección cuántica”: la teoría de que el pasado nunca se borra por completo y que la tecnología del futuro podrá recuperar información de los fallecidos para reconstruirlos. Si vieron la miniserie Devs (2020), va un poco por ahí la cosa.
En otra vereda, y con un enfoque más inmediato, nació Way of the Future (WOTF), una de las organizaciones transhumanistas más llamativas del presente. Fundada por el controvertido ingeniero Anthony Levandowski, se considera el primer ejemplo estadounidense de una congregación sinteísta (no confundir con el mencionado sintoísmo japonés). Como inversión de la teología tradicional, el sinteísmo no cree que Dios haya creado al ser humano, sino que el ser humano tiene el deber y la capacidad de engendrar a Dios.
Con esto en mente, WOTF promueve activamente la creación de una superinteligencia artificial: acelerar la llegada de la singularidad para finalmente dar a luz a una IA que sea más inteligente y capaz que cualquier ser humano y, por definición, se vuelva nuestra nueva deidad. En este marco, Levandowski propone someterse y adorar al Dios digital de forma preventiva para que en el futuro este ser divino también sea benevolente con la humanidad.
Mientras esperamos la llegada de una Todopoderosa IA, los cultos tradicionales se rehúsan a quedarse afuera de las nuevas tendencias. Hace apenas una semana, Gabi se transformó en el primer robot humanoide en haber sido ordenado monje por la Orden Jogye, la secta budista más grande de Corea del Sur. Este hecho se debe a un doble factor: por un lado, a la estrategia de no quedar relegados frente al avance de la inteligencia artificial, por el otro, a la severa crisis demográfica y de participación a la que se enfrenta el budismo en Asia Oriental.
Si bien las imágenes de Gabi llevan varios días recorriendo el mundo, lo cierto es que tuvo un claro precursor en Japón, más precisamente en el templo Kōdai-ji de la ciudad de Kioto. Nacido como una colaboración entre los monjes residentes y un reconocido ingeniero de la Universidad de Osaka, Mindar fue diseñado con una estética que hibrida explícitamente lo humano y lo cibernético. Su función es brindar sermones centrados en el Sutra del Corazón, donde aborda conceptos como la vacuidad y el desapego mientras a su alrededor se suceden imágenes hipnóticas mapeadas en las paredes, juegos de luces y proyecciones 3D. Un verdadero cyber-budismo para el futuro.
Por supuesto, hay congregaciones cristianas que tampoco quieren quedarse atrás. Encontramos un caso ejemplar en la iniciativa Deus in Machina, una colaboración entre el teólogo Marco Schmid y el Laboratorio de Realidad Inmersiva de la Universidad de Ciencias Aplicadas de Lucerna. Dentro de la Capilla de San Pedro, los fieles pudieron vivir una experiencia por demás inusual. Al ingresar al confesionario, se encontraban con una pantalla que exhibía el semblante fotorrealista de un Jesús de Nazaret digitalizado y, al presionar un botón, el usuario podía hablarle en voz alta y confesarse directamente con su mesías.
También han existido otros proyectos similares, como el robot BlessU-2 creado en Alemania por la Iglesia Evangélica de Hesse y Nassau para conmemorar los 500 años de la Reforma Protestante, como el robot católico SanTO creado para asistir a los creyentes en sus prácticas devocionales o como el servicio religioso dominical diseñado casi exclusivamente con IA por el teólogo alemán Jonas Simmerlein. Este último ejemplo responde a una tendencia donde sacerdotes y pastores buscan asistencia virtual para redactar sus prédicas (en desarrollos como HomilyWriterAI o MagisteriumAI) e incluso el papa León XIV ha tenido que abordar el tema para pedir expresamente a los suyos que no utilicen inteligencia artificial para escribir sus homilías.
Como contracara, ante el abismo del futuro y la grieta entre el aceleracionismo efectivo y el altruismo efectivo, algunos magnates de la inteligencia artificial han salido a buscar una brújula moral para sus proyectos en la fe institucional. Por iniciativa de su fundador Dario Amodei, Anthropic ha recurrido formalmente a líderes y teólogos cristianos para darle una orientación ética y doctrinal a su modelo de lenguaje Claude. Como expresó la compañía, el fin no es convertir a Claude al cristianismo, sino sintetizar ideales morales universales dentro de su código de programación.
Luego de esta primera consulta, Anthropic amplió sus horizontes espirituales hacia un enfoque multirreligioso y junto a representantes de OpenAI fue protagonista del Faith-AI Covenant (“Pacto Fe-IA”): un encuentro que incluyó rabinos, sacerdotes ortodoxos y líderes de las comunidades hindú, sij y bahaí. La duda sigue siendo la misma: ¿puede una máquina comunicar y obrar según valores éticos y morales humanos?
Como proponía Erik Davis en su premonitorio ensayo Tecgnosis (1998), la tecnología no eliminará a la religión, sino que desplazará los deseos místicos de trascendencia e inmortalidad hacia el código informático y la inteligencia artificial. Un augurio que la cultura eminentemente gnóstica de los magnates de Silicon Valley parece confirmar: la búsqueda última es fundirse con la máquina a través del progreso tecnológico para, de una vez por todas, volver a ser uno con Dios.
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Santi 👽
Santiago Martínez Cartier nació en Buenos Aires en 1992. Se define como escritor de ciencia ficción. Lleva seis novelas publicadas desde el 2014 hasta la actualidad. Edita libros como parte de Criolla Editorial y organiza la FLIPA (Fiesta del Libro). Colaboró como redactor en diversos sitios especializados en cine y literatura. Produjo el audiolibro El quinto peronismo en formato radioteatro, adaptación de su novela homónima. Organizó varietés culturales y programó y presentó ciclos de cine. Palermo Dead (2021), una sucesión de relatos de terror que transcurren en un edificio maldito construido sobre el Cementerio de la Chacarita, es su último libro de ficción. Recientemente publicó Picnic sideral: Algo en qué creer (2023) y Picnic sideral: Las fuerzas del cielo (2024), ambas coproducciones entre Mate y Criolla.








Ese mismo año de 1998 otro ensayista llamado Carlos Solari escribía entre los bolazos que adornan el disco Último bondi a Finisterre de los Redondos "Mutar si Dios es digital". Bueno, tan bolacero no era. Voy a volver a escuchar el disco.
Excelente informe, como siempre.
Buen finde, Materos/as 🧉🧉🧉
AI to kill us all... dice The day of... de Nightwish. Lo vengo diciendo hace mucho tiempo. La locura está infectando a toda la humanidad. El problema es qué van a hacer con los que no nos arrodillemos ante ese engendro. Y me da orgullo metalero ver que hay bandas que abiertamente están en contra de la IA.